En frecuencia contigo


HIPERPATERNIDAD

HIPERPATERNIDAD

Ser padre hoy en día es difícil, porque la continuidad que ofrecían los roles familiares se ha roto. El niño ya no ve a su abuelo ejercer de padre con el suyo propio y ya no ve a su padre ejercer de hijo con el abuelo. Hoy día todos, padres, abuelos, tíos... son súbditos de esta preciada estirpe que son los hijos, un bien escaso que nos llega tarde, a veces tras un sendero de dificultades emocionales y orgánicas, para el que nos preparamos de recursos materiales y formación teórica pero que nos pilla en volandas cuando aparece el primer desafío de alguien que se siente querido por encima del bien y del mal. El confort se ha convertido en un derecho adquirido y su abuso en el estilo de vida imperante. La estimulación constante, las prisas, la abundancia de todo, propician este modelo de educación supervisada desde lejos, donde todas las iniciativas y todos los movimientos del niño son monitorizados a tenor de su inexperiencia para evitar cualquier esfuerzo, o quizás una dificultad que ponga a prueba su autonomía. Este comando a distancia bloquea la toma de decisiones coherentes y consecuentes y retarda la maduración de una consciencia propia y del entorno, mutilando así cualquier brote de responsabilidad, que es un valor de primera línea en la educación.

Los niños reciben un doble mensaje. Se les pide que crezcan y se comporten de acuerdo a su edad biológica pero se les continua ofreciendo el biberón cuando ya han desarrollado su habilidad para coger una taza, se les calla con un chupete en la boca cuando solicitan insistentemente atención en lugar de aprender a esperar el turno o se les empuja sobre su sillita cuando ya corretean por el parque. Se les licua o parte una manzana cuando podrían mordisquearla o pelar por su cuenta un plátano. Cuando el niño está preparado para desarrollar una habilidad y no se ejecuta, la maduración psíquica se resiente.

En realidad se le trata como si no fuera capaz de ello, y el niño retrocede, se infantiliza. Pero al mismo tiempo, se le pide opinión sobre la ropa, o sobre el menú de la cena. Incluso el concepto de la lactancia a demanda se ha desvirtuado para dejar de evocar una necesaria flexibilidad para colocar las riendas horarias en manos del bebé. Más adelante incluso se hará respetar cuando se niegue a morder aquello que con insistencia ofrece la madre aún a sabiendas de la velocidad con que engulle los chips o las olivas, y la familia entera acabará por comer croquetas y macarrones los domingos... Ya en la adolescencia les animamos a que adquieran más competencias a edades tempranas, que estudien inglés, dominen la oratoria o lo último en tecnología, pero se descuidan las tareas básicas, las responsabilidades personales de la vida cotidiana (pon la mesa o el lavavajillas, encarga tus libros o recoge lo que olvidaste en casa de tu amigo). Esta estridente contradicción entre los valores y las prácticas para promover su independencia resulta paradójica y terriblemente perversa para ellos. Se teme por su autoestima cuando lo que está en riesgo es la propia de los padres, que luego lloran desangelados cuando el chaval regresa del otro lado del océano, tras agotar sus ahorrillos y los nuestros, quejándose de la comida y de la disciplina horaria que ha "padecido" para jurar que jamás allá volverá.

 La figura de la autoridad materna o paterna se sustituye por la del chófer, el cocinero, el tutor, el canguro... Hablamos de la "educación a demanda". Comen lo que quieren, a deshoras, y no lo que se debe sino lo que piden o lo que toman. Duermen cuando se cansan de llorar en brazos y luego pasan a la cama de los padres, si caben todos y si no desplazan a alguno de ellos que acaba durmiendo en el sofá. Se visten con lo que prefieren, lloran por las galletas, por los zapatos y por nada... Y todo para evitar decirles "no". ¿Cómo van a entender que deben ir al baño antes de entrar en clase, o que no se puede dejar sonar el móvil en un aula o en la consulta del médico...?

 

¿Qué podemos hacer?

Los límites deben marcarse desde el primer día. Los padres deben consensuar una pauta de crianza y ejercitarla con responsabilidad y seguridad evitará que derive en conflictos. Por su parte, el bebé, y luego el niño, pronto comprenden y asumen que el amor no es la permisividad. Unos y otros acaban por aprender que madurar significa superar pequeños duelos, dejar lo conseguido y pasar a afrontar los retos de la siguiente. Educar es dirigir, encaminar, desarrollar habilidades, cortesía, valores familiares, ciudadanía y para ello se cuenta, además de con el afecto, con la autoridad, que es el respeto que se otorga al que más sabe. Es el padre o la madre los que saben el mejor desayuno para hacerle crecer (¡o deberán aprenderlo!) o la mejor hora y lugar para acostarle.

Está totalmente demostrado que la falta de autoridad, de contención, provoca frustración y desconcierto, sensación de abandono. Al final todos buscan una autoridad externa que ponga orden y se le pide al médico que explique al niño que no vaya descalzo, que no debe tomar chucherías o que debe lavarse los dientes...

Los niños crecen solos pero no se educan solos, necesitan adultos responsables y coherentes que dediquen su presencia y no solo su atención, para que los niños puedan aprender de lo que ven y no solo de lo que se les dice. Solo así comprenden que existen derechos y deberes, que a los actos les siguen las consecuencias y que su cooperación y su esfuerzo son indispensables para hacer de ellos adultos competentes y autónomos, tolerantes y empáticos. La felicidad, a mi entender, se ha sobreestimado. Y lo que podríamos hacer los adultos es enseñar a los pequeños a amar lo que hacemos, y no solamente a hacer lo que queremos. Quizás conseguiremos que nos sintamos todos un poco mejor.

 

Referencias:

Barrueco Arjona. Las consecuencias de la educación a demanda. Revista Pediatría de Atención Primaria. Vol IX. Núm 34. Abril/ junio 2013

 

Claudia Cárdenas Barrera

Psicóloga

 


Fecha de publicación: 04/06/2015

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