En frecuencia contigo


ENTRE SIGNIFICADOS Y SIGNIFICANTES

ENTRE SIGNIFICADOS Y SIGNIFICANTES

“Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo”

Ludwig Wittgenstein

Inspirada por el sinnúmero de inquietudes que a diario surgen en mis conversaciones con padres, he decidido compartir con ustedes algunas de las maravillosas experiencias que le dan sentido a mi quehacer profesional, siendo la Psicología un medio para traducir, y en ocasiones interpretar, el idioma que a una corta edad reinventa la vida, en infinitos escenarios; y más adelante, a través de la lógica de los años, sistematiza sueños, esperanzas e incluso los sentimientos, invitando a la razón a contemplar las múltiples realidades.

Inicio recordando en alguna ocasión, el rostro de una docente que con preocupación se acercó a mí para manifestarme la tristeza que le generaba saber que “había una niña de su grupo que no quería volver al colegio”. De este modo la profesora retomaba el discurso de la madre de la estudiante, quien con angustia deseaba conocer lo que motivaba a su hija a expresarlo, pues en su mente habitaba un mundo de explicaciones y posibilidades que, desde la culpa, le llevaban a pensar en un grave acontecimiento que desde su imaginario “no lo había notado a tiempo”.

Cómo olvidar a mi querida estudiante, la niña que cabizbaja y avergonzada entró por la puerta de mi oficina para manifestarme aterrorizada que aquello que me iba a decir unos segundos más tarde “era un secreto”, subrayando en seguida que “su papá no podría enterarse que ella estaba enamorada”, puesto que al conocer dicha información “la podría regañar muy fuerte”.

Pero cómo no sorprendernos con semejante afirmación, o acaso ¿a quién de ustedes le sería grato escuchar que su hijo (a) está enamorado (a) a los 6 años de edad? En cambio, tendría especial sentido pronunciar expresiones como: “está muy chiquito(a) para eso”, “esas no son cosas de niños”, “¿con quién se está juntando?” “¿de dónde aprendió eso?, solicitando incluso la intervención docente para tomar medidas frente al caso, presumiendo que de este modo “el niño (a) no volvería a saber de eso”. Por supuesto papás, es comprensible el interés de evitar situaciones incómodas, especialmente ante la sensación que producen aquellas que carecen de una respuesta clara, o una certeza contundente, pues desconocer cómo proceder ante esta reacción desde nuestro imaginario podría ser amenazante, en tanto nos genera temor de que el rol paterno que tanto hemos tardado en configurar se desdibuje, olvidándonos de nuestra naturaleza humana, aquella que por sí misma enseña a partir de la experiencia.

Volviendo sobre el escenario inicial, me encontraba frente a la estudiante preguntándole entonces, qué comprendía por estar enamorada. Ella, entre la inquietud de la información confiada, la incertidumbre ante el desconocimiento del efecto de la misma, y la angustia de la experiencia vivida, señala temerosa que “hay un niño de su salón que está enamorado de ella porque le ha dicho que es bonita, y cuando se le caen las cosas, él le ayuda a recogérselas, y le gustan los mismos juegos”. Argumenta en consecuencia que “si sus papás se dan cuenta de que él está enamorado, se van a poner muy bravos”, motivo por el cual ha decidido “decirles que no quiere volver al Colegio”.

Me pregunto sobre la evolución de los pensamientos, las emociones y las acciones de mi estudiante, si nos hubiésemos quedado únicamente con el significado del “enamoramiento”, que desde nuestra lógica y experiencia interpretamos… Quizá el ausentismo escolar hubiese sido el protagonista de esta historia. Sin embargo, con ayuda de las palabras, que con claridad hacían referencia al campo de la amistad, la presencia de nuestra pequeña en el aula de clase tuvo mayor fuerza, pues al día siguiente su sonrisa era testigo del efecto mágico del lenguaje como creador de realidades.

Con el ánimo de seguir compartiendo con ustedes el curioso, pero maravilloso arte de comunicar, traigo el recuerdo de una mamá que impaciente me contacta solicitando orientación sobre “la mejor manera de conversar con su hijo acerca del condón” -teniendo su pequeño alrededor de 5 años de edad-, pues la noche anterior se había sentido tan desconcertada frente el cuestionamiento del niño, que fue necesario acudir a la voz de autoridad para advertir que ya era hora de seguir con las actividades de rutina, dejando la duda del estudiante camuflada en los asuntos de la cotidianidad. No tendría lugar compartir con ustedes los detalles que hicieron parte del desarrollo de la historia, cuando en el discurso del niño encontré la palabra “cordón”. Tampoco quisiera profundizar acerca de la palabra “sexo” ni su “manera de ser abordado con los hijos”, cuando la respuesta del relato prescolar subraya que “así decía la canción” (repitiendo un fragmento de la letra de reggaetón que escucha su hermano).

Buscando no extenderme en los múltiples significados que otorgamos a las palabras en el océano de discursos, deseo finalizar compartiendo a ustedes otro de los recuerdos que además de habitar la memoria, desnuda el corazón. Se trata de una pequeña que hacía del canto de su profesora, la sinfónica de sus tardes luego de su jornada escolar. Apenas puedo volver sobre un verso de la melodiosa letra, que decía algo así como: “Ola loca, ola loca, ola loca de la mar”. Una vez recibida por su abuela, quien amorosamente le esperaba con los brazos abiertos después del jardín, la niña se transporta nuevamente a su salón de clase y empieza a cantar. Sin embargo, algo extraño ocurrió, pues la estudiante recuerda que a la llegada de sus padres, la indignación representó a su abuela en aquel escenario, pues jamás esperó que en la dulzura de su nieta se escuchase decirle: “Hola loca de la mar”.

Reflexiono sobre cuántas veces hemos respondido a preguntas no formuladas, a frases sin sentido, y significados que pierden la vigencia una vez han sido pronunciados.

Gabriela Cortés Zapata

Psicóloga Ciclo I

 


Fecha de publicación: 27/09/2016

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