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ALGUNAS VERDADES SOBRE LAS MENTIRAS EN LOS NIÑOS

ALGUNAS VERDADES SOBRE LAS MENTIRAS EN LOS NIÑOS

Por: Marcela de la Rosa, residente de Pediatría I, Unisanitas; Christian Muñoz, psiquiatra infantil, Colsanitas; Darío Botero, pediatra puericultor, Unisanitas; y Germán Soto, pediatra puericultor, Unisanitas

Cuando las mentiras se vuelven repetitivas y causan daño a otros se debe buscar ayuda profesional. Aprenda a leer las señales. Y, ¡ojo!, usted es el ejemplo de sus hijos.

Érase una vez un joven pastor que vivía en una aldea muy tranquila, no tenía familia y tenía la costumbre de decir mentiras. Una vez el joven pastor cuando estaba cerca de la villa, alarmó a los habitantes tres o cuatro veces gritando: “¡El lobo, el lobo!”, pero cuando los vecinos llegaron a ayudarle, encontraron al pastorcito revolcándose de la risa en el pasto.

Días después el pastorcito gritó: “¡El lobo, el lobo!”. Nuevamente los pastores salieron de sus casas para perseguir al animal, pero en vez de eso se encontraron con el pastorcito que otra vez se burlaba de sus buenas intenciones; sin embargo, semanas después un grande y feo lobo llegó a la villa y comenzó a atacar a las ovejas del pastorcito, quien, lleno de miedo, empezó a gritar: “Por favor, vengan y ayúdenme, el lobo está matando a las ovejas”, pero ya nadie puso atención a sus gritos y mucho menos pensaron en acudir a auxiliarlo. Y el lobo, viendo que no había razón para temer por mal alguno, hizo lo que quiso con todo el rebaño.

Este fragmento de un bellísimo cuento que a muchos de nosotros nos leyeron en la infancia, nos muestra la mentira como un protagonista cotidiano en nuestra vida y esto nos llena de dudas acerca de aspectos como: qué son las mentiras, por qué las decimos, para qué las utilizamos, si serán siempre malas, cómo abordarlas desde nuestro posición de padres y cuidadores, cuáles de ellas representan una alarma, cuáles situaciones requieren atención especializada y cuál debe ser nuestro papel como puericultores al acompañar a las familias en el abordaje de esta situación.

La mentira es definida por el Diccionario de la Real Academia Española como la: “Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa”. Mentir es un hábito que usualmente utilizamos con el fin de evitar problemas, sufrimientos o con el objeto de esconder algo que la gente a nuestro alrededor no puede saber. Utilizamos atenuantes para esta palabra al decir ‘mentira piadosa’ para endulzar el problema, pensando que por ser piadosa no va en contra de nadie, ni le hará daño a nadie.

Pero, ¿qué significa mentir para los niños? Por ejemplo, María Alejandra, de cinco años, dice que “las mentiras son las cosas que no son y que le dan risa”. Samuel, de seis años, dice: “Uy no lo sé, es difícil explicarte, pero es como decir cosas que no le agradan a Dios”, y Sofía, de 12 años, piensa que “las mentiras son algo falso, es decir algo que en realidad no pasó y siempre son malas”.

Los niños menores de siete años pueden mentir como parte de su desarrollo psicoemocional, debido a que presentan confusión con la fantasía, hacen una asociación de la realidad con el juego o encuentran alguna utilidad cuando mienten. Por lo tanto, no se le haga raro que su hijo durante esta etapa le diga: “Papi, yo no me quité los zapatos fue la gata”, y esto ocurre porque quiere hacerlo partícipe de sus fantasías y su juego.

Pero, ¿hasta cuándo es normal que ocurra?

En el desarrollo psicológico de los niños la mentira surge desde temprana edad y es utilizada por el menor con el ánimo de evitar un castigo por parte de sus padres. Aparece por miedo o temor a decepcionarlos, por la necesidad de conseguir algo que desea inmediatamente y, en algunas ocasiones, por la dificultad de retardar la gratificación (esperar para obtener una recompensa), utilizando así la mentira como una conducta para alcanzar sus objetivos. La familia es el primer escenario donde el niño presencia y dice mentiras, esto incluso por sus seres más queridos. Los niños encuentran incoherencias entre lo que decimos y hacemos, además identifican las falsas promesas con las que deseamos moldeen su comportamiento; sin embargo, alrededor de los siete años estos comportamientos van disminuyendo con un acompañamiento afectuoso, asertivo y cariñoso.

Cuando queremos entender el origen de las mentiras, vale la pena que como padres y demás acompañantes de la crianza nos miremos interiormente y les demos un repaso a nuestras actuaciones, que son, en la mayoría de las ocasiones, la raíz y el inicio de las mentiras.

¿Es usted mentiroso?, ¿miente en su casa?, ¿miente en frente de su hijo? ¡Ojo! frases como: “Carlitos abre la puerta y dile a don Pedro que yo no estoy, que me fui a la tienda”, o “hija, yo nunca le hago daño a tu mamá”, y acaba usted de gritarla. Esta es la primera causa de mentiras en los niños: la imitación de sus padres y cuidadores.

 Las mentiras por miedo a las malas reacciones de padres y cuidadores son frecuentes; algunos ejemplos de ellas son los siguientes: Tomás en las últimas semanas ha tenido mal rendimiento escolar, nunca antes le había pasado esto; sin embargo, engaña a sus padres diciéndoles que ha obtenido unas excelentes calificaciones afirmando que: “Me ha ido muy bien, saqué 5 en todo”, o quizás otro ejemplo como este es: “Yo no fui quien rompió el vaso, fue Julián”. Es esta la segunda causa de mentira en los niños, niñas y adolescentes.

 En ocasiones queremos hijos perfectos y valoramos solo los éxitos y no los esfuerzos, no les permitimos equivocarse como instrumento de aprendizaje y ellos en su afán de no defraudarnos, mienten como parte de amortiguación de una posible decepción, pues ellos quieren seguir siendo motivo de orgullo de sus padres. Por tal razón, es importante demostrarles el orgullo que sentimos por ellos, no solo por sus resultados, sino también por su disposición para realizar las cosas.

 Por otro lado, están aquellas mentiras basadas en la baja autoestima, la búsqueda continua de obtener la atención de quienes lo rodean y las ganas de impresionar. Un ejemplo de ello, es el niño que como resultado de una situación familiar, personal o escolar muestra en su desempeño un aumento en el número de mentiras, ya sea exagerando situaciones o restándole importancia a otras. Esto nos debe llamar la atención sobre la persistencia en obtener lo que quiere por medio de estas mentiras, lo cual no resuelve el problema de base, sino que más bien puede tratarse de signos de alarma para padres, cuidadores y pediatras frente a sucesos de otra índole. Estas mentiras están sustentadas en algunos casos por la falta de apoyo, tiempo y dedicación por parte de sus padres.

Por ello, se debe analizar y encontrar la forma de averiguar el porqué de la mentira del niño, niña o adolescente. Establecer si quieren decirnos algo, si quieren obtener más apoyo y tiempo por parte de nosotros, o si quieren ser el centro de nuestra atención y si somos buen ejemplo para ellos. Es bueno preguntarnos, si como familia se está actuando de manera correcta, si les estamos dando un buen ejemplo en valores y si se les está brindando plena confianza a los niños con un enfoque reparador y resiliente de acompañamiento en la crianza. Al evaluar cómo se debe actuar como padres cuando uno de nuestros hijos dice una mentira, lo primero que se debe tener en cuenta es nuestro papel, y nuestro rol como guías y orientadores, teniendo en cuenta las palabras y actos utilizados durante el proceso de crianza.

¡Ojo! Si promete, cumpla. Los niños saben que como parte de su educación, realizar acciones positivas conlleva a una felicitación y algunas veces a recompensas prometidas. Si usted por el contrario incumple, el niño, niña o adolescente entenderá que usted es un mentiroso y que no es necesario llevar a cabo dichas acciones si no va a tener ningún tipo de recompensa esperada.

Lo mejor es enseñar con el ejemplo, exigir con autoridad moral para darle valor real a lo que le quiere exigir y abordar la mentira no para corregirla nada más, sino para utilizarla como instrumento de aprendizaje familiar.

A los niños que mienten es necesario corregirlos; el paso siguiente a la utilización de una mentira es preguntarles por qué lo hicieron, qué querían que pasara al decir esto. Escúchenlos y denles la posibilidad de confiar, de contarles sus retos, sus miedos, sus logros y errores; esto evitará que mientan posteriormente (porque no es necesario) y si consiguen que digan la verdad, felicítelos (refuerzo positivo), mas no felicite una aceptación de una mentira, pues esto creará en ellos la idea de que si mienten y lo aceptan es igual de bueno a no haber mentido. También cuénteles que usted alguna vez mintió, y que fue más lo malo que pasó que lo bueno y que por ello lo evita.

¿Cómo darnos cuenta cuando un niño está mintiendo?

En los adultos, es un poco más difícil determinar cuando una persona está diciendo mentiras, pero en los niños, por el contrario, es muy útil identificar y leer su lenguaje corporal, sus gestos, sus manos, sus ojos y acciones. Sus expresiones corporales dicen más que las propias palabras y esto se obtiene gracias al tiempo, dedicación y conocimiento que usted tenga frente a su hijo.

¿Cuándo se debe buscar ayuda profesional?

La mentira se vuelve una condición, comportamiento o conducta que amerita una evaluación y apoyo psicológico cuando se vuelve sistemática, intencional, repetitiva o se utiliza para pasar por encima de los demás, sin importar el daño que pueda causarle al individuo en cuestión o a la sociedad a la que pertenece. La conducta de mentir repetitivamente es motivo de consulta al especialista y más aún si dicha mentira recurrente se asocia con síntomas como conflictos familiares, entre amigos, mal rendimiento escolar, o conductas antisociales (la agresividad, las fugas de casa o del colegio y los robos). Por otro lado, cuando un niño, niña o adolescente experimenta más allá del juego una conducta que implique fantasías muy elaboradas, que no sean fáciles de corregir a través de la confrontación y que en ocasiones lleven a la pérdida del contacto con la realidad, también requiere de una evaluación con el fin de descartar manifestaciones tempranas de alguna condición psiquiátrica, tales como el trastorno bipolar, los trastornos depresivos o disociativos y algunas psicosis infantiles. Así mismo, algunos niños con casos de desintegración neurosensorial (con algunas dificultades de aprendizaje), pueden mentir como instrumento para evitar la ansiedad que genera no poder hacer algo que planea en su mente y corazón. Todos ellos merecen un adecuado acompañamiento de la familia y de un grupo terapéutico liderado por su amigo el pediatra.

No olvide…

Con respecto a las mentiras en los niños, tengamos en cuenta estos aspectos:

  • Debemos conocer y entender que los padres son el modelo para sus hijos.
  • Explíquele a su hijo la diferencia entre una mentira y una verdad con hechos.
  • Dele siempre ejemplo de sinceridad, honradez en la familia, colegio y comunidad. Y exíjale lo que realmente usted también da.
  • Brindarles confianza a los hijos ayuda a generar menos necesidad por parte de ellos de mentir.
  • Explíquele a su niño, niña o adolescente que existen otras maneras de dar a entender las cosas sin necesidad de mentir y sus alternativas. Pero, ante todo, enséñele que se puede aprender del error, pues no somos perfectos; buscamos lo mejor cada día.

Hora de consultar

¿Cuándo las mentiras en su hijo deben ser evaluadas por un psiquiatra infantil?:

  • Cuando son repetitivas, compulsivas e intencionales (con el claro objetivo de hacer daño a otro).
  • Cuando el engaño y la manipulación son el eje central de las mentiras.
  • Cuando se acompañan de conductas de robo, agresión a la gente o animales, destrucción de la propiedad o violación grave de las normas.
  • Cuando están asociadas con un patrón de impulsividad, irritabilidad o agresividad.
  • Cuando el menor no tiene remordimiento (falta de introspección) por las consecuencias de sus actos.
  • Cuando las mentiras se acompañan de conductas de insensibilidad y falta de empatía.
  • Cuando la tendencia a mentir es frecuente, no es provocada por presión social, sino por un trastorno en la personalidad del menor.
  • Cuando se realiza como una búsqueda permanente de afecto y reconocimiento.
  • Cuando afecta sus relaciones afectivas con amigos y familiares.
  • Cuando se acompaña de fallas en la memoria, conciencia, identidad y percepción (episodios disociativos).
  •  Cuando está relacionada con cambios drásticos en el estado de ánimo (ansiedad, depresión) que afectan el funcionamiento del menor.
  • Cuando está asociada a alguna condición orgánica grave (asma, epilepsia, cáncer, dolores abdominales, cefalea, etc.) y se utiliza como una forma de llamar la atención de su entorno.
  •  Finalmente, y lo más importante, cuando su sexto sentido como padre le genere dudas o intranquilidad sobre las razones que desencadenan esta conducta.

 


Fecha de publicación: 20/03/2016

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